domingo, 17 de mayo de 2020

Quién me manda

Tengo tanto estrés sobre los hombros, como deseos de hacer las cosas a la perfección tiene una persona con TOC.

En momentos como el de ahora, vienen a mi mente las palabras de aquella maestra titular con la que realicé mi jornada de prácticas, ya hace más de 5 años.

Ella siempre se quejaba de tener exceso de trabajo, mismo que no le era requerido obligatoriamente, sino que solita se imponía. La frase "quién me manda a estar haciendo esto, pero me gusta la mala vida, así que a darle", era el mantra del día a día.

Sé que realmente no creía que aquello era mala vida, al contrario, ese trabajo extra que se exigía era precisamente lo que le había dado el título de la mejor maestra de la escuela, aquella respetada mujer que incluso al expresar su opinión, tenía más peso que lo dicho por algunas autoridades educativas.

Yo decía para mis adentros: quién la manda, pues; tan fácil que es hacer solo lo necesario y ya. Nadie se lo va a pagar. Ilusa de mí.

Con los años, con el trabajo en los grupos, uno comprende el trasfondo de las palabras de aquella docente: no era complicarse la vida porque sí, no era querer destacarse. El reconocimiento era un "efecto secundario" de lo que realizaba en las aulas y fuera de ellas. Su vocación y entrega por los estudiantes, el deseo de ir más allá, de brindarles un plus a los jóvenes, era el verdadero motor para que ella "se complicara la vida".

Cuánto la comprendo ahora, cuán identificada me siento con ella.

Ahora yo misma me complico la vida así.
Yo misma anhelo darles ese plus a mis jóvenes, aunque ello me suponga inversión de tiempo, esfuerzo, dinero, que jamás volverán a mí.
Es ahora cuando entiendo que el pago por hacer "lo que nadie me manda", será el agradecimiento de los estudiantes, o, en el mejor de los casos, su triunfo en la vida que están creando por su cuenta.

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