domingo, 8 de noviembre de 2015

En el autobús

De nuevo voy al sitio en donde trabajo.
Trato de distraerme en un libro
pero la lectura, de momentos, no basta.

La soledad siempre emerge
y yo no puedo hacer nada para evitarla;
aún no sé cómo.

Quisiera llorar, gritar,
bajarme del autobús y pedir un aventón
a casa, más no quiero quedarme a medio camino.

Quien no aprende la lección
debe repetirla hasta que lo logre.
Quizá por eso repito lo mismo
cientos de veces
mil veces sola
mil veces alejada de quienes amo.

Supone un enorme esfuerzo para mí
volver atrás en el tiempo
y recordar que todo lo malo pasa
que todo lo que duele deja de oprimir.

Aparte de todo eso, siento envidia
de toda la gente que veo a través de las
ventanas del autobús.

Ellos no han  tenido que mudarse
no han debido dejar a sus familias
ni han tenido que alejarse de su terruño.

Supongo que es la maldición del conocimiento.
Ellos no han accedido
a los grandes filósofos.
No tienen la teoría sobre
el conocimiento científico.
Pero tienen sus tierras,
tienen sus ciclos,
su familia está con ellos,
sus vecinos son parientes,
su felicidad radica en lo simple de la vida.

Cómo duele alejarse de los nuestros,
de lo nuestro.

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