Pese a que la distancia es relativamente corta, es emocionalmente gigantesca. Son únicamente 220 km entre el punto de mi zona de confort y el salto al vacío.
Lloré de indignación, de dolor y rabia, porque mi entorno familiar, mi comodidad y todo con lo que me sentía segura, se desvanecía.
Los últimos átomos de mi juventud estudiantil, de mi época de mayor gozo, donde aún podía depender de otros, se estaban separando.
Y ahora, lejos de casa, con gente amable pero que es aún desconocida para mí, trato de volverme consciente de mi nueva realidad, de la nueva carga de responsabilidades que ha caído sobre mis hombros.
No sé si ya estaba lista, si tenía lo necesario para enfrentarme a este nuevo reto. Lo que sí sé es que sigo siendo una hija amada del universo, pues, tan amoroso como él solo, me envió de un empujón al vacío, impidiendo que tuviera tiempo de sentir miedo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario